Terapia en línea: Pasado, presente y futuro de un dispositivo que llegó para quedarse

¿Por qué existiendo hace años la posibilidad de atender por medios virtuales esta alternativa había sido tan poco explorada hasta la fecha? Resistencia, desconocimiento o un poco de ambas, lo cierto es que hoy la emergencia sanitaria producida por el Coronavirus nos conduce a descubrir que la atención virtual ofrece una alternativa terapéutica tan válida y eficaz como el encuentro con el paciente al que estamos acostumbrados en nuestros consultorios. En este sentido, vale la pena observar algunos antecedentes conectados a la buena acogida de esta modalidad de intervención entre psicólogos y pacientes.

El uso de dispositivos de atención basado en video llamadas y atención telefónica no es algo totalmente nuevo. Catástrofes recientes como el huracán Katrina (2005), el terremoto del océano Índico (2004) y el atentado a las torres gemelas el 11 de septiembre de 2001, fueron una oportunidad, entre otras, para poner en práctica tanto la telepsicología como la telepsiquiatría: conteniendo las crisis de angustia, los duelos y dificultades relacionadas al estrés post trauma de los eventos. Si bien estas experiencias no devienen en una modificación permanente en los marcos regulatorios y en un cambio profundo en las actitudes respecto al uso normal y habitual de la atención psicológica, sí dejan un precedente positivo para lo que estamos viviendo hoy.

En paralelo, desde hace casi dos décadas la American Psychological Association comenzó a ofrecer guías y recomendaciones de buenas prácticas para la telepsicología y en la actualidad el ejercicio profesional de ésta se ha regulado y extendido en varios estados norteamericanos. Jill Savege Scharffes publica el año 2013 “Psychoanalysis online”, un texto en colaboración, donde se evaluaban los aspectos legales, clínicos y éticos de los tratamientos analíticos por Internet, así como también sus perspectivas futuras en una época en donde las tecnologías de comunicación no alcanzaban el desarrollo y la calidad que disponemos hoy en día.

Volviendo a nuestro presente azotado por la pandemia del COVID-19, vemos que la sociedad y el gobierno chileno constata -al precio de una tragedia que suma miles de fallecimientos- que las medidas de aislamiento y distancia social son efectivas para contener el avance de la pandemia, pero, simultáneamente, estas mismas disposiciones acarrean una cascada de crisis subjetivas e interpersonales que adoptan la forma de miedos paralizantes, fobias, depresión, ansiedad, violencia y adicciones (comida, alcohol, drogas).

Me parece que ante este escenario y como terapeutas hay mucho que aportar en la difusión de un axioma básico de nuestro trabajo: hablar alivia, la palabra cura. Y esto es algo que hace más de 2000 años en la antigua Grecia lo expresaba Gorgias, contemporáneo de Sócrates, “la palabra es un poderoso soberano que con un cuerpo pequeñísimo y del todo invisible lleva a término las obras más divinas. Pues es capaz de hacer cesar el miedo y mitigar el dolor, producir alegría y aumentar la compasión”. Este carácter invisible de la palabra, la capacidad de transportarse más allá del cuerpo es lo que está a la base de cualquier psicoterapia, pudiendo hacer que sus efectos se sostengan más allá de nuestros consultorios. Ello nos lleva directamente a preguntarnos sobre el rol que juega la presencia del analista en el tratamiento. Una cuestión crucial que para el psicoanalista francés Jacques Lacan nunca se puede confundir con la sola presencia del cuerpo, puesto que estar presente no es otra cosa para el analista que ser el soporte activo de la escucha y la interpretación que se juegan en el acto analítico. Y desde esta perspectiva encontrarse en un consultorio o a miles de kilómetros de distancia por medio de una video llamada es una distinción que pierde sentido y que habilita que exploremos las potencialidades que ofrece esta herramienta.

Para cerrar me gustaría compartir esta inspiradora nota que Freud transcribe y agrega en un trabajo de 1905. Se trata de un niño preso del desamparo ante la noche y que se dirige a un Otro buscando refugio y contención: “Tía, háblame; tengo miedo porque está muy oscuro”. Y la tía responde: “¿Qué ganas con eso? De todos modos, no puedes verme”. A lo cual el niño replica: “No importa, hay más luz cuando alguien habla”.


Oscar Fierro Jofré. Psicólogo y psicoanalista www.humanaclinica.cl


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